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Laureen


    “Tras dos noches de sexo onírico, me vendrá bien un poco de distracción mundana.”
    Laureen Jones volvía de clase pedaleando por East Shore hacia el norte. Ya oscurecía, y en la cesta de la bici: Un par de libros de texto, su “bloc de notas para todo”, y un cartucho para la Super Famicom, el último JRPG que Tommy había puesto para alquilar. Había sido un día insulso, media mañana rellenando tazas de café, a diez dólares la hora, en la cafetería de Hyde Park y, tras comer de las sobras del establecimiento, tres horas de tediosas clases en la universidad. Pero al ponerse el sol, la gris vida de la joven se volvía pura fantasía, pues era una soñadora intrépida y rara era la noche en la que no conseguía tener sueños lúcidos.
    “Esa belleza oriental de ojos almendrados me tiene atrapada. ¿Lograré hoy sonsacarle su nombre?”
    La primera noche se conocieron en un parque infantil ruinoso. Era un lugar muy recurrente en sus sueños, pero solía estar vacío. La vio allí, sentada en un columpio oxidado, y fue un flechazo. Al poco rato ya estaban manoseandose bajo unos chopos...
    —Eres demasiado guapa para haber nacido de mi imaginación, las mujeres que salen en mis sueños tienen todas esa “cara del medio-oeste”.
    —Bajo determinadas circustancias, algunos seres oníricos podemos viajar entre sueños.— La mujer le miró muy seria mientras le acariciaba la mejilla. —Tengo que hacerte una advertencia: Has llamado demasiado la atención y esta década que vivimos es peligrosa para algunos soñadores.
    —¿A qué te refieres con peligrosa? Pase lo que pase aquí hoy, por la mañana despertaré y, aunque me cueste tres cuartos de hora y un par de cafés despabilarme, volveré a mi vida de chica-demasiado-normal.— Su amante no dijo nada, en lugar de ello fue besandole una pierna de manera ascendente...

    “Estoy demasiado despierta. Y no me gusta el flow que consigo en el onírico si me fuerzo a dormir sin sueño.”
    Laureen ya estaba en su habitación de toda la vida, sentada frente al escritorio. Introdujo el cartucho en la consola, y la encendió. En unos segundos estaba contemplando la intro del juego: Dos soldados embutidos en unas armaduras mecánicas, hablaban sobre una guerra de hacía mil años, mientras una chica, de cabello color turquesa, en otra armadura igual, callaba, y los contemplaba con mirada triste...
    A las pocas horas, la joven apagó la consola y se preparó para dormir.
    “O sea, que los esper son criaturas que nacen con el don de la magia, al menos en el mundo de fantasía del juego. Me pregunto si mis habilidades para controlar y recordar mis sueños son también de nacimiento, o cualquiera puede llegar a conseguirlo con la práctica...”
    —Es una buena chica. No me gusta lo que quieres hacer.
    —Pero me obedecerás. Tú hazle esta noche la tercera advertencia...

    La segunda noche Laureen volvió al parque con la esperanza de volver a encontrar a la mujer de sus sueños. Ella estaba allí, aparentemente distraida, dejando caer migas de pan junto a unas voraces palomas. La chica trató de darle un susto y ella se le quedó mirando con cara de poker.
    —Voy a hacerte otra advertencia: No he venido sola. Pero mi amiga no quiere mostrarse hoy.
    —¿Sabe lo nuestro? Espero que no se haya puesto celosa.
    —Este sitio es muy lúgubre. Acompáñame a la playa... ¿Sí?
    Le agarró de las manos y Laureen, al cerrar los ojos, se vio transportada. En un instante sintió la brisa marina y escuchó las gaviotas. Al abrirlos, se vio a sí misma, y a su amiga, en una playa desierta, pese a que hacía una temperatura ideal para bañarse. Las dos estaban en traje de baño, y se observaron la una a la otra, agarradas todavía.
    —Envidio tus pechos, los míos son demasiado pequeños.
    —Debe ser lo único bonito de mi anatomía.
    —Sabes que eso no es cierto. Abrázame...
    Laureen todavía se sentía observada, y no dejó de estarlo durante el resto del sueño.
   
    “Espero que esa amiga suya no venga hoy. O al menos que se muestre, y si tiene el mismo tipo de belleza exótica, porqué no, que se una a la fiesta...”
    Ya había tomado el vaso de leche caliente de todas las noches, también había hecho los preparativos para facilitar la lucidez onírica... Recordó la playa de la noche anterior y se arrebujó entre sus sábanas y el edredón. En el mundo de la vigilia ya empezaba a hacer frío, al menos por aquellas latitudes. Realizó los ejercicios habituales para inducirse el sueño, y en mucho menos de lo habitual, se había dormido.

    —¿Hola? ¡Pero si estamos en mi habitación!
    —Estas cosas se hacen en estos sitios.
    —¿A que te refieres? Bueno, no es tan mala idea tenerte en mi cama. Así me hago a la idea de que estamos despiertas y te he colado en mi habitación...
    —¿Me presentarías a tu padre como tu novia?
    —No, por Dios... Le diría que te conocí en la biblioteca. Y te prohibiría besarme en su presencia.
    —Pero si casi ni os habláis... ¿Crees que si te vinieses a vivir conmigo y desaparecieses de esta habitación, quizá para siempre, él lo lamentaría demasiado?
    —Al menos tardaría una semana en darse cuenta. Y seguramente pensaría que habría cambiado de ciudad sin avisar. ¿Existe esa posibilidad de irme a vivir contigo?
    —Existe. Pero tendrías que convertirte en una de nosotras...
    —¿Duele?
    —No duele nada. Pero tengo que advertirte: En principio, el cambio es irreversible. Perderías parte de tu humanidad, pero tú tienes de sobra. Y perderías también la capacidad de sentir una gran pena...
    Una nueva figura, delgada y huesuda, entró en escena en aquel momento...
    —A ti te gustará. No en vano eres una soñadora experta. ¿Porqué no convertirte en criatura onírica? Es un poco como obtener la inmortalidad, ¿no crees?
    —Tú eres su amiga, la que observaba ayer, a escondidas...
    —Somos lamias. Solemos causar pesadillas, nos alimentamos de ellas. Tanto que sabes de sueños, ¿y no nos conocías?
    —Lo que he aprendido ha sido soñando, no leyendo libros sobre ocultismo, ni relatos de terror. Voy a serte sincera. Me gusta ella, pero no tú... Espero que no tenga que vivir también contigo.
    —A la soñadora intrépida le gustan las lamias, pero sólo las guapitas de cara... Yo soy también necesaria para el ritual y me tendrás que soportar, al menos una noche más.
    —Pues hagámoslo.

    Al día siguiente, la habitación amaneció vacía y en penumbra... Hasta pasados veintidos años, nadie volvió a ver a Laureen Jones con vida, ni siquiera nadie soñó con ella. Las parejas de “lamia guapa”–“lamia fea” ya no tientan, a las casi veinteañeras de vida gris, con una dudosa vida onírica eterna. Las reglas han cambiado recientemente en los planos oníricos, y quizá Laureen vuelva a ver a su belleza oriental de ojos almendrados. Me gustaría que ella, esta vez, sí que pudiese decirle su nombre...

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