La casa estaba vacía, aunque sólo un poco. Había polvo, mucho polvo. También había algunos muebles, cubiertos con lonas o sábanas, y una masticable pesadez en el ambiente. En el suelo, marcadas en el polvo como si fuesen de ratón, habían bastantes pisadas de esgaraamargos, y el fantasma del desván no se atrevía hoy a bajar. Los muy astutos le habían convencido de que se alimentaban de éter, o ectoplasma, que viene a ser lo mismo... En realidad, los esgaraamargos se alimentaban de palabras, pero no se las comían sino que las asimilaban y las regurgitaban como nuevas. Era chocante como podían devorar una novelucha de detectives y devolver una obra maestra de la intriga. Sólo se salía perdiendo en la calidad del papel, o en que en vez de estar encuadernada, la obra pasaba a ser un conjunto de hojas. Era a veces un problema de orden y organización, de no ser por los esgaraamargos XY, que tenían un gran talento por organizar y permutar hojas sueltas. Las esgaraamargas XX s...