Había caminado por siglos, o tal vez solo un instante. El Vagabundo no podía recordarlo. El tiempo, esa trampa traicionera, se retorcía a su alrededor como un hilo de lana enredado en los dedos de un dios caprichoso. Cada paso parecía llevarlo a un lugar nuevo, pero todo era igual: desiertos vacíos, ruinas de mundos olvidados, biomas que nacían y morían con el parpadeo de sus ojos. A veces creía haber escapado del ciclo, solo para descubrir que estaba atrapado en un loop interminable. Pero aquella noche, algo cambió. El horizonte, siempre inalcanzable, pareció inclinarse hacia él, como si el universo lo invitara a cruzar una última frontera. Un eco resonó en su mente: "El Horizonte Infinito te espera" . No era una voz humana, ni animal. Era más bien una vibración profunda, un lenguaje olvidado que entendía sin palabras. Al acercarse, una figura se alzó entre la niebla: su reflejo, pero invertido. El Vagabundo observó al otro con cautela. Era él, pero no lo era. El rostro, a...