A ella no le desagradaba el hecho concreto de haber pasado de
meta-criatura mítica, a ser un “ser onírico”. ¡Si al menos su
captor (y actualmente carcelero), fuese apuesto y guapo..! (lo de
amable y gentil era ya demasiado pedir). En su meta-realidad no había
sido consciente de no ser hiper-real, pero en el onírico acababa
siendo dificil abstraerse de esos conceptos... Sí. Es verdad. Las
penas meta-reales no son tan penosas. O al menos eso dicen algunos
seres hiper-reales muy muy desgraciados. No es mentira que hay
melancolías que acaban enquistándose hasta ser una pena orgásmica
indefinida. Tampoco es mentira que hay prisioneras que acaban
sintiendo algo por el amo de su calabozo...
—¡Mírame! Te he dicho que me
mires... ¡Desgraciada! ¿Cómo puedo conseguir que tu metabolismo
acelerado no cure, en un solo día, las feas heridas y cardenales que
tan cuidadosamente te produzco?
—Ay, Sato... ¿Qué quieres que
haga? Me agredes tan a menudo que hasta me he acostumbrado. Yo, que
tenía fobia al dolor...
—¡No te golpeo porque sea un
sádico, que también, sino porque hoy viene a mi guarida gente
importante! Si no te tengo en la jaula, con signos de haber sido
maltratada, no me toman en serio como tipo sin escrúpulos.
Mimí estuvo tentada de decírselo,
pero se contuvo. Ella pensaba que a Sato nadie se lo tomaba en serio,
tan sólo él mismo... y ella, porque no tenía más remedio. Muchas
veces el sátiro quedaba en ridículo, y casi siempre trataba de
arreglarlo, haciéndose el malote, o intentando parecer más
peligroso de lo que era. Mimí, en cambio, era pura contradicción.
Cuando vivía en aquellas islas griegas clásico-míticas, ella era la
típica ninfa, a la que le gustaba bailar, cantar, y amar. Pero,
aunque se lo tenía bastante callado, también era un poco borde, de
esas que si se encuentran un animal atrapado en un cepo, sí, lo
libera, pero no sin antes caer en la tentación de urgar un poco en
la herida. Tratándose de sí misma, en cambio, era más bien de
mírame y no me toques, y bastante melindrosa en cuanto a la
alimentación. Sí por ella hubiese sido, se hubiese pasado toda la
vida en su claro del bosque, bebiendo nectar y, de vez en cuando,
sonsacando a su hermana todos los detalles subidos de tono acerca del último encuentro pseudo-amoroso que la otra hubiese tenido con algún viajero. Pero
eso acabó pasándole factura.
Era de noche y Mímí estaba sola en
su vivienda. O sea, en el espacioso hueco de un magnífico arbol
milenario. Aquel día era celebrado por los lugareños como fiesta de
la fertilidad y la cosecha, y el camino que pasaba, no muy lejano,
iba a estar muy transitado. Demasiada gente para Mimí, pero su hermana no dejaría escapar la ocasión de flirtear con algún mozo,
así que había salido. Todo parecía tranquilo, salvo un sonido
indeterminado, como de arrastrar algo, pero Mimí no le dio
importancia, quizá por esa extraña melodía, que parecía venir de
lejos pero que sonaba casi que demasiado clara... Obviamente era
música mágica, y cuando empiezas a escucharla tu voluntad se echa
una siesta, tus párpados te pesan, y si te dicen que salgas del
arbol, no encuentras ningún motivo para no hacerlo...
—¡Sal del arbol!
—Eso es... Tú, no dejes de darle a
la manivela, no sea que se vuelva a esconder... Mírala, es una ninfa
de verdad, ¿no? La veo demasiado pequeña de tamaño para
relacionarse con humanos. No debe ser la misma que se pasa por la
piedra a cualquier hombre que se la encuentre por el camino y se deje
seducir...
—Eso a mí me da igual. Si no es la
que buscas te voy a cobrar lo mismo... Vista una ninfa, vistas todas.
—Bueno, pues no me convence. Ahí os
quedáis...
—Será... Se ha largado. Y me
empieza a doler el brazo de tanto darle al manubrio.
—¿Qué ha pasado? ¿Qué hago aquí
fuera?— (zas) —¡Bruto! ¿Por qué me pegas?
—¿Y tú por qué no pierdes el
sentido? Algo de beneficio tengo que sacar de este asunto. O me llevo
este trasto musical, que ya me pesa demasiado, o te me llevo a ti...
Ella aún se estaba quitando aquella
melodía de la cabeza, y contempló a su agresor. Se trataba
aparentemente de un sátiro normal, aunque algo más achaparrado de
lo habitual. Sin embargo un aire de irrealidad le rodeaba... Trató
de agarrarla y Mimí apenas se resistió debido aún al efecto
hipnótico de la música mágica. Pataleó y forcejeó timidamente,
pero poco más, y si la hubiese violado allí mismo, muchos jueces lo
hubiesen considerado sexo consentido por falta de resistencia. Abrió,
no sin cierta dificultad, el saco que llevaba, demasiado grande para
una ninfa de tan pequeño tamaño, y la metió dentro. Era un saco
soporífero y, en unos segundos, dejó de forcejear.
“Esto trunca el plan, mierda...
Parecía que todo iba bien, y he seguido las instrucciones al pie de
la letra: Caza la garza amarilla. Usa su sangre para hacer salir al
ogro-gigante cuando pase el gigante-ogro y deja que se maten entre
ellos. Saca el saco de la cueva. Ve al mercado y ciega al falso ciego
que usa la música para desperrillar a los lugareños. Llévate su
instrumento y corre como si no hubiese mañana. Agarra el papelón
rojo, ¿o era rojizo?, del tablón de anuncios. Busca y acude a la
dirección en él señalada. Acepta el trato o trabajo, por muy malo
que parezca, pues para él servirán las herramientas adquiridas. Y
después de todo eso... ¿una ninfa enana? Yo me la llevo al onírico
por no irme con las manos vacías, pero no sé qué voy a hacer con
ella. Lo que sé es lo que no puedo
hacer...”
Las casualidades
no existen, pero tal vez fue coincidencia el que una vez alguien
llevó a su guarida una jaula enorme con un pájaro diminuto dentro.
El pajarucho hacía años que había muerto, quizá porque, aunque lo
atiborraba a comida, solía olvidar ponerle agua. Así que la metió
ahí dentro, se sentó frente a la jaula, y comenzó a cavilar...
¿Qué utilidad podría tener una ninfa mítica en un plano onírico?
—¿Donde
estamos?
—En mi guarida.
—Eso ya lo
suponía... ¿Donde está tu guarida? ¿Por qué todo tiene un aire
tan irreal? Recuerdo que cuando me raptaste eras tú el que parecía
irreal. Ahora todo parece irreal. ¿Por qué?
—¿Por qué
haces tantas preguntas? ¿Por qué repites tanto la palabra “irreal”?
Estamos en un plano onírico. Los sueños no son irreales, al menos
dentro del sueño. Yo considero más irreal el sitio donde tú
vivías.
—¿Por qué me
has secuestrado?
—Eso mismo me
estoy preguntando. Hace como una semana tuve un sueño dentro del
onírico. Lo que llaman un sueño de segundo nivel. Allí se me retó
a cumplir una búsqueda. No entraré en más detalles, porque no me
da la gana. Ni siquiera sé porqué te estoy explicando todo esto.
Así que... ¡Toma! — (guantazo).
—¡Pero ¿no te
da vergüenza?! Pegar a una chica... ¿Qué clase de hombre eres?
—Ni tú eres
una chica, ni yo un hombre... Tú eres una ninfa, y yo un sátiro, al
menos eso quiero llegar a ser... — (ostia).
—¡Mierda! Ups,
¡ya me has hecho decir una palabrota! Yo veo que ya eres un sátiro. Es verdad que diferente de todos los que he visto antes, pero ¿qué
puedes conseguir manteniendome encerrada y golpeándome?
—Aún no lo sé
pero espero llegar a averiguarlo. Hay sátiros y sátiros. Yo soy un
sátiro onírico, y como tal se me relaciona con las lamias. Pero
estoy harto de esa guerra eterna... Varias veces he visto que el
conflicto parecía estar a punto de terminar, hasta una vez llegué a
casarme con una lamia bastante bella, a la que le gustaba que le
metiesen caña, y con ella desarrollé mi gusto por el sadismo, pero
siempre pasa algo que hace que para ellas sea como empezar otra vez
de cero, mi esposa se olvidó de mi, y no la he vuelto a ver. ¡Ni quiero
verla! Si me la encuentro seguro que me querría devorar el... ya sabes
qué.
—No, no sé el
qué... ni me importa. No quiero saber nada de esas lamias
devoradoras que me cuentas. ¿Porqué no te quedaste en mi isla? Allí
no existen esas cosas.
—Tarde
o temprano hubiese tenido que dormir, y nunca hubiese despertado, así
que de eso nada. — (colleja).
Durante seis días
oníricos Sato y Mimí estuvieron discutiendo. Cada diálogo más
surrealista que el anterior. Cada día Sato provocaba a Mimí
diversos moratones, hasta que el sátiro se iba a dormir para tener
un sueño dentro del sueño, y así conseguir más pistas sobre su
búsqueda. Al despertar, la ninfa había curado todas sus heridas,
lo cual ponía a Sato furioso (y vuelta a empezar).
Al séptimo día
llegaron a su guarida dos figuras, una muy extraña y otra muy
insulsa. Uno era un tipo larguirucho y muy pálido, de media melena
oscura y globos oculares completamente negros. El otro era en apariencia un
hombre bastante vulgar, vestido con camisa clara y pantalones con
tirantes, llevaba unas gafas de pasta.
—Morfeo,
Ananké... Bienvenidos a mi humilde morada. Pasad, pasad. ¿Qué os
parece mi ninfa? La conseguí de la Grecia meta-mítica, la golpeo un
poco todos los días. Tienes fama de sádico, ¿te apetece golpearla
un rato?
—No me
interesan las ninfas. Vayamos al grano. Tenemos un plan para matar a
la mismísima Muerte...
—¡Matar a la
Muerte! Pero eso es un poco una locura, ¿no? Atarla al plano físico,
tal vez, o incluso encerrarla en el onírico. Pero si la matáis las
consecuencias pueden ser insospechadas...
—No
sería tan grave. Sería sustituida por una nueva Muerte. Mucho más
adecuada. Se ha humanizado demasiado, hasta me ha contado que está
tratando de enamorarse de una especie de detective del ocultismo...
—¿Y qué pinto yo en semejante plan? ¿Qué pinta mi ninfa? En los sueños de bajo nivel que he tenido se me reveló que esta ninfa no podrá morir. Quizá tenga eso algo que ver con vuestro asesinato, por muy descabellado que parezca.
—¿Y qué pinto yo en semejante plan? ¿Qué pinta mi ninfa? En los sueños de bajo nivel que he tenido se me reveló que esta ninfa no podrá morir. Quizá tenga eso algo que ver con vuestro asesinato, por muy descabellado que parezca.
—A mi sí que me interesa esa
ninfa. ¿Me permitirías absorber su capacidad regenerativa?
—Magnífica
idea. Así no curará las heridas que con tanto empeño le propino.
—Bueno Sato.
Decideté. Si Morfeo le arrebata esa regeneración, no curará sus
heridas. Si la sigues golpeando, acabarás matándola. ¿Por qué no
nos das permiso para matar a la Muerte? Así tu ninfa no morirá y
podrás torturarla a placer.
—No entiendo
nada. ¿Necesitáis mi permiso? ¡Qué más da! Tenéis mi permiso, ¿por
qué no?
—Pues
ya está todo claro, debemos irnos. Gracias por todo Sato. Ya te
devolveré el favor...
—Ha sido fácil.
Nos ha dado las dos cosas a cambio de nada. Qué tipo más estúpido...
—Esa
lamia ya no será un problema, y yo tengo algo más de protección.
Durante
varios meses el sátiro siguió propinando a la ninfa palizas
controladas, pero cuando sus heridas adornaban ya casi todo su
cuerpo, ella empezó a regenerarlas otra vez.
Pocos días después, la ninfa simplemente se esfumó, y en su
lugar apareció una figura femenina de aspecto oriental...
Nota
del autor: Es posible que el
lector no entienda del todo la última parte de este relato. He de
confesar que yo tampoco. Mi técnica de escritura me hace tener a
veces poco control sobre algunas facetas de la narración, y
prácticamente es la historia la que se escribe sola. Quizá en el
futuro, si desarrollo más mi técnica de meta-escritura, vuelva
sobre esta historia e intente escribir una continuación donde se
trate de responder alguno de los interrogantes pendientes...
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