Había caminado por siglos, o tal vez solo un instante. El Vagabundo no podía recordarlo. El tiempo, esa trampa traicionera, se retorcía a su alrededor como un hilo de lana enredado en los dedos de un dios caprichoso. Cada paso parecía llevarlo a un lugar nuevo, pero todo era igual: desiertos vacíos, ruinas de mundos olvidados, biomas que nacían y morían con el parpadeo de sus ojos. A veces creía haber escapado del ciclo, solo para descubrir que estaba atrapado en un loop interminable.
Pero aquella noche, algo cambió. El horizonte, siempre inalcanzable, pareció inclinarse hacia él, como si el universo lo invitara a cruzar una última frontera. Un eco resonó en su mente: "El Horizonte Infinito te espera". No era una voz humana, ni animal. Era más bien una vibración profunda, un lenguaje olvidado que entendía sin palabras.
Al acercarse, una figura se alzó entre la niebla: su reflejo, pero invertido. El Vagabundo observó al otro con cautela. Era él, pero no lo era. El rostro, aunque idéntico, parecía contener algo más antiguo, una mezcla de fuerza y debilidad que no reconocía. Sabía que debía enfrentarse a sí mismo, a esa parte que había ignorado durante demasiado tiempo.
"¿Quién eres?", preguntó sin palabras.
"Soy lo que siempre has sido, y lo que nunca serás", respondió su otro yo. "Has caminado tanto, pero no has comprendido nada."
El Vagabundo supo entonces que el viaje no había sido una cuestión de distancia, sino de conciencia. El tiempo no era más que una ilusión, una proyección de su mente ansiosa por huir de sí misma. Pero no podía escapar de lo que siempre había estado dentro de él. La sombra de su propio ser, esa parte que había reprimido y temido, ahora le extendía la mano.
Al tomarla, sintió el peso de todas sus vidas pasadas y futuras. No era ni hombre ni mujer, ni joven ni anciano. Era todo a la vez, una entidad fluida que existía en todos los tiempos y lugares, pero sin pertenecer a ninguno.
El Horizonte Infinito se desvaneció, y con él, la necesidad de llegar a alguna parte. El Vagabundo, ahora completo, entendió que el viaje no tenía final porque nunca lo tuvo un comienzo. Era la sombra y la luz, el caos y el orden, uniendo todas las partes de su ser en un equilibrio precario pero eterno.
Y por primera vez, en medio del silencio eterno, sonrió.
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