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Untitled

 

    Era muy, muy pequeña. Pero se sentía grande, y lo era. Había quienes la llamaban gnoma, elfita, troll… Cosas así.
    Hacía años que sostenía su vegetarianismo. Ni siquiera había dejado el jamón serrano para el final de su transición. Huevos comía, porque era ovípara, pero no huevos cualesquiera. A veces comía pescado azul, pero no salmón. Le decían que no debía ser madre, pero ella no estaba de acuerdo. Sus genes eran tan válidos como los de cualesquiera. Eso pensaba. Le gustaba el rock’n’roll porque gozaba de ese espíritu rebelde. Le gustaba pensar que era bueno no crecer más para que le siguiera quedando bien la ropa que más le gustaba.

    Por aquel entonces, el gobierno de su nación aún se debatía entre el concepto de discapacidad y el de diversidad funcional. Ella pensaba que le tendría que dar igual. No cobraba ninguna 'paguita', y las ayudas nunca llegaban. Por aquel entonces ya había renunciado a los cristianitos y a muchas cosas más, pero se resistía a renunciar al amor verdadero.

    Una noche volvía a casa después de una fiesta privada no autorizada... Vio a un muchacho pintando en una pared completamente blanca. Él dio un respingo al girarse y la miró directamente a los ojos. Ella se ruborizó por dentro y no pudo evitar emitir su mejor sonrisa. Él le respondió: “Esta pieza la terminas tú. Ahí te dejo el bote para firmar”.

    Ella conservó el bote y pegó muchas firmas, pero nunca tachó a nadie. Luego se compró algún bote de los chinos, pero siempre le chorreaban. Alguien le chivó la marca por excelencia y se atrevió a ir a la capital a conseguirla...
    Al final, poco antes de morir, se marcó la mejor pieza que se recuerda.

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