—¡Me cago en mi viejo!
—Perdónalo porque no sabe lo que dice…
—¡Y una mierda! Va, venga, ponme una copa de lo más fuerte que te quede.
—Esto va de parte de la casa. Tranquilízate.
—Ya, pero es que…
—Ni peros ni pollas. O te sientas y te calmas o te echo.
Había un tirado. Un hecho polvo. Miraba con ojeras sanguinolientas. Iba a durar poco.
—Yo quiero otra. ¡Dame otra!
—Tú, a la puta calle a dormirla, si es que no te matan.
El acabado se recostó en un banco de la placeta y sacó la bolsa de tranquis. Mientras se tragaba uno con un trago de cerveza barata de medio litro, le pareció verla, pero se creyó que era una muchacha emo.
—Ya no merece la pena aguantar mucho más, ¿no crees?
—Yo ya no sé qué creer… ¿Tú quién eres? No te he visto nunca por aquí.
—No soy amiga. Pero me caes bien. Has llevado una vida digna. Más que la mayoría.
—Huele a Nitrato de Chile. Ya veo a mis primos. Casi estoy con ellos.
—Te gusta creer en eso y eso es bueno.
—No te vayas que me pierdo.
—Me voy a traerte algo dulce...
Cuando ella volvió, su alma se había ido. La bolsa de tranquis se la llevaría algún gitano al día siguiente. El cuerpo lo recogió un mandado la tarde siguiente. La cara tenía una mueca tan serena que nadie sintió pena.
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