Los puretas pensaban que o era Marte o era Venus. Marte parecía viable, pero Bradbury había advertido. Venus nunca fue viable. Era un sueño de cientificistas. La solución estaba fuera de nuestro sistema. Los americans aprovechaban el primero de abril para decir verdades encubiertas. Ya estábamos contactados, pero solo para algunos. Elon se equivocaba. Como siempre.
—¡Esta señal es genuina! —dijo ella, con una mezcla de nerviosismo y convicción en la voz.
—No, perdona, bonita… Te lo estás creyendo demasiado —respondió él, ajustándose las gafas con manos temblorosas—. No hay otra explicación, o qué, pero viajar a través del espacio profundo es imposible. ¿Qué coño te crees?
—No me quiero creer demasiado, pero este ambiente es esquizoide. No puedo ignorarlo.
—Ciñete a la señal, y no acabarás mal —dijo, mientras encendía un cigarrillo con manos que empezaban a mostrar la edad.
—¡La señal dice cosas que no se explican en el actual paradigma!
—Te vamos a poner en contacto con alguien que comulga con esas ideas —dijo él, como si estuviera resignado—. Y, por favor, no nos pongas en evidencia.
Ya fuera en las calles, en los bares, o en la plaza, las conversaciones seguían siendo las mismas. Ella no podía sacarse la señal de la cabeza. Había un tirado, uno de esos que ya nadie mira. Miraba con ojeras sanguinolientas, sus días estaban contados.
—Yo quiero otra. ¡Dame otra! —gritaba el tirado desde un rincón de la barra.
—Tú, a la puta calle a dormirla, si es que no te matan —le contestó el camarero, ya acostumbrado a ver a los mismos destruidos por la rutina.
El tirado se recostó en un banco de la placeta. Sacó su bolsa de tranquis y se tragó uno con un trago de cerveza barata. Le pareció verla, pero se creyó que era una muchacha emo.
—Ya no merece la pena aguantar mucho más, ¿no crees? —le preguntó ella, inclinándose sobre él, con su rostro pálido y ojos inexpresivos.
—Yo ya no sé qué creer… ¿Tú quién eres? No te he visto nunca por aquí.
—No soy amiga, pero me caes bien. Has llevado una vida digna. Más que la mayoría.
—Huele a Nitrato de Chile. Ya veo a mis primos. Casi estoy con ellos.
—Te gusta creer en eso y eso es bueno.
—No te vayas que me pierdo.
—Me voy a traerte algo dulce…
Cuando ella volvió, su alma se había ido. El cuerpo lo recogió un mandado la tarde siguiente. La bolsa de tranquis se la llevaría algún gitano. Nadie sintió pena al verlo; su mueca era demasiado serena, como si hubiera encontrado algo en la señal que otros no pudieron comprender.
Ella, mientras tanto, caminaba entre las sombras, buscando respuestas en un mundo donde las señales llegaban desde lugares que nadie entendía. Y aún resonaba en su mente la advertencia:
—Ciñete a la señal… y no acabarás mal.
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