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《Las lamas de Thoor-M’naath》

    Al pie de las colinas de caliza muda, donde los helechos respiran vapor y las aguas no bajan ni suben, vivía yo, convaleciente de un mal sin nombre. Mi tío, último custodio del archivo lunar, había muerto semanas antes, balbuceando un nombre que no quiso escribir. El caserón era todo papel y polvo, y las noches, como lechos de crótalos invisibles.


    Fue en la cuarta noche cuando las lamas del piso —anchas, negras, secas— comenzaron a arquearse en dirección opuesta al peso. Una voz, seca y polvorienta, parecía salir de las junturas: no hablaba, sino que deletreaba. Escuché: T-H-O-O-R…

 
    Convencido de que la humedad o el recuerdo me jugaban malas pasadas, sellé la puerta del sótano con barniz de sangre vieja y cera de misa profana. Dormí profundamente, y al despertar, el sol inundaba el cuarto con una calidez que parecía jurar: "todo ha pasado". Incluso las lamas parecían dormidas.

    Pero el reloj, detenido desde la muerte de mi tío, giraba ahora en sentido contrario. En su interior, no engranajes, sino una lengua, húmeda, marcaba las horas con un chasquido apenas audible. Y entre las paredes: "¡Thoor-M’naath despierta cuando nadie lo invoca!"

 
    Ahora escribo desde un ángulo imposible. Mi cuerpo aún existe, creo, entre capas de madera que me han aceptado como uno de sus nudos. La casa se arquea hacia dentro. Nadie vendrá. Y yo, con la voz entre los dientes, deletreo nombres que no entiendo, esperando que alguno no me pertenezca.



《Las lamas de Thoor-M’naath — Segunda parte》

 
    La luz ya no obedece a los ángulos. Cada amanecer se pliega hacia dentro como una flor de papel mojado, y las sombras, oh, las sombras, bailan antes de que ocurra el movimiento. He dejado de contar los días, pues cada uno parece ser un eco de uno anterior, uno que aún no ha ocurrido. Desde las paredes transpiradas, se filtra el aliento de algo que no necesita espacio, pero que quiere espacio.

     Hoy ha venido el cuervo. No grazna. No vuela. No tiene ojos. Pero trajo en el pico una carta escrita en mi propia caligrafía, con tinta que huele a leche rancia y a óxido. Decía:
"A las 7:13, escúchalo deletrear tu carne."
La letra temblaba como si hubiese sido escrita bajo la tierra.

     Preparé sal. Leí los salmos. Comí pan con ajo. Dormí con la radio encendida, y al abrir los ojos, el reloj marcaba 6:52. La casa parecía respirar con lentitud. Un silencio de embrión, acogedor. Sonreí. Tal vez, sólo tal vez, aquello era una metáfora. Tal vez mi tío no deliraba; quizás estaba escribiendo un cuento. Tal vez estoy escribiendo un cuento. Y los cuentos se acaban.

     A las 7:12 exactas, una de las lamas se desprendió, y de su herida, surgió una letra:
"D"
  Una letra viva, húmeda, reptante. Siguieron más, una por cada segundo:
   "E — S — P — I — É — R — T — A…"
  No había suelo. No había casa. Sólo letras, como garras, entrando en mí por los ojos.

     Estoy sentado en el umbral de algo sin forma. Me he convertido en página, y las letras me escriben desde dentro. Mis venas deletrean sin descanso. El cuervo me observa con compasión.
Me pregunto cuántos más están siendo narrados.


《Las lamas de Thoor-M’naath — Tercera parte》
(“Ahora sé que no hay regreso, porque no hubo ida.”)

 
    No sé cuánto tiempo ha pasado desde que empecé a ser letra. Hay días —si se pueden llamar días— en que siento que fui carne, y otros donde no recuerdo siquiera haber sido pensamiento. Algo vibra dentro de mí, como un péndulo enterrado, marcando un ritmo que no sincroniza con ningún reloj. Me he acostumbrado a ese desajuste: es mi única constancia.

La casa ya no existe. O tal vez yo he dejado de tener ojos que la reconozcan. El mundo parece una hebra larga de frase rota, una oración que se estira en todas direcciones sin llegar nunca a cerrarse con punto.

A veces, oigo risas apagadas, como si provinieran de un otro tiempo, un otro lugar. Pienso en mi madre sin saber por qué. Pienso en la textura del pan caliente, en el sonido que hace la cuchara al hundirse en una taza de cerámica, en el olor del invierno antes de que llegue.
Y esas memorias me parten. No por lo que evocan, sino por lo que sugieren: que aún había belleza antes del deletreo.

 
    Un murmullo ha comenzado a crecer en mí, no como voz, sino como impresión de voz. No proviene de las paredes, ni del cuervo, ni de los nombres. Viene de un lugar más íntimo y más lejano a la vez. Como si fuera la voz que pronuncia el universo cuando está solo.

Me dice:
"Ya fuiste dicho. Ahora serás leído."

Y entonces comprendo con una tristeza rotunda que cada lágrima, cada espasmo, cada recuerdo inútil que me atraviesa está siendo leído por algo que no puedo imaginar, y menos aún comprender.
Algo me observa, no para juzgarme, sino para consumirme como se consume una historia que no se quiere soltar.

 
    Una noche —o lo que intuyo como tal— dejo de resistirme. Me fundo con los listones, las letras, el vacío. Me entrego al deletreo.
Y por un instante, siento paz.
La paz de lo inevitable.
La paz de ser función, de ya no tener que elegir, de ser empujado por una lógica que no requiere consentimiento.

Me deshago.
Soy papel que no teme la llama.
Soy línea que no espera sentido.

Y entonces, cuando ya no espero nada, cuando el olvido empieza a acariciarme con su manto tibio y pesado…


    …vuelvo a oír mi nombre.
Mi nombre verdadero.
Ese que ni mi madre conocía,
ese que el universo olvidó antes de crear las galaxias,
ese que no debería ser pronunciado jamás.

Y la voz que lo dice… no es la mía.
Ni es humana.
Ni es una voz.

Es un eco de la primera ruptura,
una vibración pre-verbal que me arranca de la paz y me lanza a un nuevo umbral:
un lugar donde las palabras aún no se han separado de las cosas.


    Ahora camino por un pasillo sin forma, donde cada paso es una historia no escrita. Siento nostalgia de lo que no fue, y desesperanza por lo que será. A lo lejos, veo sombras que se arrastran como oraciones mal formuladas, esperando reescritura.

El cuervo ha vuelto.
Trae una pluma. No en el ala. En el pico.
Me la ofrece sin mirarme, como si supiera que no tengo ya manos,
pero sí… voluntad.

Y yo, que fui escrito,
comienzo a escribir.

Pero sólo sé escribir lo que ya fue.



《Las lamas de Thoor-M’naath — Cuarta parte》
(“La clemencia no es el perdón. Es la pausa entre el castigo y el olvido.”)


    He aprendido a distinguir las texturas del silencio. El que duerme. El que escucha. El que presiona. El que consuela.
Ahora vivo entre los márgenes de un manuscrito que nadie ha terminado. No soy ni letra ni lector, sino margen, espacio en blanco. Desde aquí observo, no con ojos, sino con una conciencia tenue, como la que tienen los sueños poco recordados.

He dejado de luchar contra el idioma que me escribe. Y en esa rendición, encontré un lugar que no es sitio,
un momento que no es tiempo:
una calma no humana, no hostil.


    Una figura se ha dibujado entre las lamas, no como aparición, sino como intención. Es algo que no necesita cuerpo, pero que ha elegido el mío como sombra.

No me habla.
Se sienta a mi lado.
Y respira.
Como si no estuviera solo.

Y en ese gesto simple, algo se enciende:
una chispa de antes,
una memoria que no me pertenece,
un recuerdo de la especie:
la sensación de no ser el último.

 

     Nos quedamos así durante lo que podría haber sido una vida. Sin palabras, sin invocaciones, sin promesas de salvación.
Solo estar.
Como si eso bastara.

Y por primera vez, el deletreo cesa.

No porque haya terminado,
sino porque ya no importa.

    Un día —si es que los días existen aquí—
una brisa cruzó las tablas,
y con ella, una risa suave, como de niña jugando entre ruinas.

No traía horror.
Tampoco esperanza.

Solo el peso exacto de algo vivo,
algo que aún no ha sido dicho.

Y yo, sin cuerpo,
sentí que podía llorar de nuevo.


    No fui liberado.
No regresé.
No vencí.
Pero algo en mí se calmó.
Y eso basta, por ahora.

El cuervo ya no vuelve,
pero he dejado de necesitarlo.
Y si alguna vez alguien más entra en esta casa,
quizá encuentre una palabra que no duele.

Quizá, por fin,
una sílaba sin condena.




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